La delicia de los Arminianos (I)

Entramos en el sexto mes de papado de Francisco I y, aparte de los recientes fastos de la JMJ en Brasil, el mes pasado ya tuvimos la primera muestra de lo más esperado: un documento que dé unas señas de cuáles van a ser los derroteros teológicos que va a seguir el catolicismo romano bajo su pontificado, se trata de la encíclica Lumen Fidei (no obstante, hay que aclarar que esta encíclica contó con un importante aporte de Benedicto XVI).

El mensaje de esta encíclica a buen seguro hará las delicias y sonará como música a los oídos de la mayoría de cristianos actuales (y por “cristianos actuales” me refiero a todos aquellos integrados en lo que pudiéramos llamar “la cristiandad”, sean de la iglesia o denominación que sean) y ahora veremos porqué, puesto que en no pocas ocasiones criticamos el evangelio que predica Roma pero pasamos totalmente por alto que hoy día, a fin de cuentas, la cosmovisión de la gran parte de los cristianos (la de casi todos los “líderes evangélicos” sin ir más lejos) es casi totalmente católica romana.

A eso hay que añadir que, desde hace décadas, el mundo protestante y evangélico anda no solo buscando el beneplácito de Roma sino que se encuentra “en busca del Papa bueno”, es decir, poder decir que, por fin, en la silla de Pedro se siente alguien que hable de la necesidad de Cristo para la salvación, de la salvación por fe, de la gracia de Dios, etc… Craso error, puesto que Roma en absoluto niega esto. Que un Papa hable de la necesidad de Cristo para la salvación no es una novedad. La Iglesia Católica no niega la salvación por el mérito y la obra de Cristo. En absoluto. Lo que se atribuye es la administración de este mérito (al que hay que añadir la mediación de María y las obras de los santos, que serían “el tesoro de la Iglesia”) y de esta salvación conseguida por Cristo de forma que sus fieles, obedeciendo y siguiendo los preceptos de la Iglesia, pueden “merecer” estos méritos del Salvador.


Habiendo publicado ayer un escrito sobre la disputa con el arminismo, pues podemos decir que la primera encíclica de Francisco tiene un fuerte “sabor arminiano” (y por eso digo que tiene pinta de ser muy bien recibida entre muchos de los evangélicos actuales), o sea, no que sea arminiana, sino que sonará muy bien a oídos arminianos. Francisco I es seguramente para la Iglesia Católica un magnífico relaciones públicas y un gran comunicador (en parte lo veo como el nuevo Juan Pablo II) y desde el punto de vista estrictamente humano, en principio, por lo menos por lo que se dice de él desde Argentina, muy probablemente es un buen hombre, como Benedicto XVI era un gran intelectual y eso es indudable. No es esa la crítica y creo que es necesario aclararlo previamente pues a veces puede parecer, cuando se critica el catolicismo, que se hace por alguna cuestión de antipatía y animadversión personal (no niego que a veces ocurra así), pero eso no quita que se denuncien errores que no solo se encuentran en el catolicismo sino en muchísimas otras iglesias. Si se insiste en presentarlos a través del mensaje una encíclica papal es simplemente por lo que he dicho en el párrafo anterior. Muchos de los “protestantes” actuales han abjurado de la Reforma, expresa o tácitamente, y andan como locos porque desde el Vaticano salga alguna declaración, algún mensaje o algún documento que ellos entiendan que de alguna forma valide sus creencias. Es decir, están desesperados por recibir la “aprobación” de Roma de alguna forma. Véanse a los luteranos alemanes pidiendo hace unos meses a Benedicto XVI que levante la excomunión a Lutero o el entusiasmo de algunos líderes evangélicos mundiales con la elección de Francisco I.

Hace un mes, el pastor de Miranda de Ebro don Jorge Ruiz, quien en estos temas donde pone el ojo suele poner la bala, publicó un análisis sobre algunos de los párrafos más sutiles de la encíclica, los cuales encierran sinergismo puro y duro:

“En la fe, don de Dios, virtud sobrenatural infusa por él, reconocemos que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo nos transforma, ilumina nuestro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para re­correrlo con alegría” (§ 7)

“El que cree, aceptando el don de la fe, es transformado en una creatura nueva, recibe un nuevo ser, un ser filial que se hace hijo en el Hijo”  (§ 19)

“El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo” (§ 21)

O, lo que es lo mismo, según Francisco I, la iniciativa procede del hombre, no somos transformados por el Espíritu Santo para poner la fe en Cristo para salvación, sino que creemos y luego somos transformados.

También insiste en el error de tomar la fe como si fuera una “obra”. De ahí venían las acusaciones que desde Roma se hacían a la Reforma sobre la “Sola Fe”: si la fe era la única “obra” necesaria para ser salvo, por lo demás el cristiano iba a caer en un estilo de vida licenciosa y descuidado.

La fe no es una obra, la fe es el don que Dios coloca en el hombre para que reciba los méritos de Cristo y sea salvo. Por eso “Sola Fe” en absoluto no es incompatible con la declaración de Santiago “la fe sin obras es fe muerta”. Pero este error de tomar la fe como si fuera una obra se repite, y se repite, y se vuelve a repetir desde hace siglos.

Pero en la encíclica la fe no es sino una forma de obediencia a Dios (meritoria, una obra, por tanto), además, sin especificar “fe” en qué, puesto que se omite la mención a la vida de obediencia de Jesús y su muerte sustitutiva.

“La fe consiste en la dispo­nibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios” (§ 14)

 “Sólo abriéndonos a este origen y reconociéndolo, es posible ser transfor­mados, dejando que la salvación obre en nosotros y haga fecunda la vida, llena de buenos frutos. La salva­ción mediante la fe consiste en reconocer el primado del don de Dios” (§ 19)

 “La fe en Cristo nos salva porque en él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros y con nosotros (§ 20)

Párrafos que recuerdan mucho al famoso mensaje de los modernos evangélicos, extendido por la mayoría de iglesias, de “reciba a Cristo en su corazón y hágalo su salvador personal”, “acepte a Cristo”, etc. Una “salvación” que se produce por nuestra participación activa y en la que la obra de Cristo depende en último término del acto de nuestra voluntad de aceptarla. Una “salvación” sinergista, que requiere la colaboración del hombre con Dios, no la salvación monergista que enseña la Biblia (Filipenses 1:6: “Estando confiado de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”).

Básicamente es lo que dicen los arminianos (conscientes e inconscientes).

¿Cómo se llegó a que tantos “protestantes” piensen esencialmente lo mismo que el Papa de Roma? Pues está claro que en esta cuestión Roma no ha cambiado con respecto a lo que pensaba hace siglos, quienes han cambiado han sido los evangélicos y hacia un modelo de pensamiento muy similar. Creyendo que Roma se “reforma”, todo lo contrario, son ellos quienes miran al Tíber.

Es una historia un poco larga y que veremos mañana.



Artículo publicado por colaboración y autorización expresa del autor: Liberalismo sin tregua

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